Caminaba rápido cortando camino por medio de la plaza principal. Como siempre iba de boludo pensando en ejercer mil torturas china a una cucaracha que tenia secuestrada. Cuando de repente (y eso que no suelo hacerlo mientas camino) mire a mi alrededor y allí estaba ella.
Ella, la choquita, la trigueñita de ojos verdes. La mujercita de la que me enamore y de la que no supe nada, (porque la muy pendeja desapareció de un día para otro), aparecia a pocos metro de mí, así nomas de un día para otro.
Trate de hacer el loco, fingiendo que no había visto a nadie y que seguía caminando como el cerdo: con la cabeza apuntando hacia el suelo (esperando encontrar un billete o un celular tirados en el piso)
Pero fue demasiado tarde. Ella si me vio y se acerco a saludarme. No tuve más remedio que levantar la cabeza y devolverle la cortesía.
Cuando nuestras miradas se encontraron de repente esa canícula sofocante, que sería uno de los elementos que inspiraría a Rulfo a escribir sobre una Cómala distante y extraña, o a García Márquez sobre un pequeño pueblo perdido en los confines de una Colombia mágica, se desvaneció.
Mi camisa empapada de sudor dejo de ser una molestia. Perdido en sus ojos verdes, escuchando su tranquila y suave voz, adivinando los detalles suaves y armoniosos de su rostro, sentí nacer una alegría sincera; la alegría de la esperanza de un re encuentro que me condujese al amor y a la dicha.
Empezamos a conversar, o mejor dicho a hacer el típico intercambio de información:
¿Como estas? ¿Cómo has estado? ¿Qué tal el trabajo? etc.
Estaba flanqueada por su hermano, su tía y su pequeña hermana, pero no me sentí incomodo que tantas orejas estén pendientes de lo que hablábamos.
Hablamos de todo y de nada y me emocione cuando me dio su número telefónico.
Parecía una quinceañera ilusa haciéndome la película de un encuentro con una cena romántica, besos cargados de pasión y lujuria y al final con un pequeño vástago en su vientre, mientras yo la abrazaba desde atrás y nos tomaban la foto familiar en un estudio fotográfico.
Ella, la choquita, la trigueñita de ojos verdes. La mujercita de la que me enamore y de la que no supe nada, (porque la muy pendeja desapareció de un día para otro), aparecia a pocos metro de mí, así nomas de un día para otro.
Trate de hacer el loco, fingiendo que no había visto a nadie y que seguía caminando como el cerdo: con la cabeza apuntando hacia el suelo (esperando encontrar un billete o un celular tirados en el piso)
Pero fue demasiado tarde. Ella si me vio y se acerco a saludarme. No tuve más remedio que levantar la cabeza y devolverle la cortesía.
Cuando nuestras miradas se encontraron de repente esa canícula sofocante, que sería uno de los elementos que inspiraría a Rulfo a escribir sobre una Cómala distante y extraña, o a García Márquez sobre un pequeño pueblo perdido en los confines de una Colombia mágica, se desvaneció.
Mi camisa empapada de sudor dejo de ser una molestia. Perdido en sus ojos verdes, escuchando su tranquila y suave voz, adivinando los detalles suaves y armoniosos de su rostro, sentí nacer una alegría sincera; la alegría de la esperanza de un re encuentro que me condujese al amor y a la dicha.
Empezamos a conversar, o mejor dicho a hacer el típico intercambio de información:
¿Como estas? ¿Cómo has estado? ¿Qué tal el trabajo? etc.
Estaba flanqueada por su hermano, su tía y su pequeña hermana, pero no me sentí incomodo que tantas orejas estén pendientes de lo que hablábamos.
Hablamos de todo y de nada y me emocione cuando me dio su número telefónico.
Parecía una quinceañera ilusa haciéndome la película de un encuentro con una cena romántica, besos cargados de pasión y lujuria y al final con un pequeño vástago en su vientre, mientras yo la abrazaba desde atrás y nos tomaban la foto familiar en un estudio fotográfico.
Que putas madre fume para tener semejante pajazo mental, nunca lo sabré. Simplemente se lo achaque al calor y a la deshidratación.
Sin embargo reaccione y me obligue a no ilusionarme. Ella mi musa de la inspiración, había desaparecido de un día para otro. No hubo una despedida, una llamada.
Fue un misterio su paradero, su estado de salud y con su partida mi mente se empezó a agobiar por las dudas y pesares. ¿Qué hice mal?, ¿acaso se molesto conmigo?, ¿Por qué no se despidió?
Al fin y al cabo nunca respondió mis mails cuando la felicitaba por su cumple, por navidad, año nuevo o simplemente para saber cómo estaba. La muy pendeja me evadió olímpicamente y después de casi dos años sin verla me hablaba como si nos hubiésemos visto el día anterior.
Comprendí que una persona asi no te tiene estima, que simplemente fuí un conocido de la U, alguien con quien compartió un par de salidas y nada mas.
De repente aterrizar en la realidad, comprender la verdad me hizo sentir muy mal. Comprendi que siempre sere ese ser solitario, alguien que sera visto visto por todas las mujeres como un buen amigo, más nunca como una pareja.
Apurado por la decepción corte la charla y me despide cortesmente. Invente una excusa y me retire rapidamente.
Ayer en la tarde nuevamente la encontre (dos encuentros en dos días) y de nuevo me traicione. Pense que tales encuentros fortuitos eran señal de que teniamos que estar juntos, pero recapacite y me di cuenta que no habria un "nosotros", que ella, tarde o temprano seguiria su caminio, desapareceria nuevamente.
La salude y segui mi camino, mejor solo que enamorado y no correspondido.